Noticias / 8 de marzo de 2026 / Tiempo de lectura: 4 min.

La batalla de las mujeres rurales por transformar las desigualdades de género en Antioquia

Este 8 de marzo, la experiencia de las mujeres en la Ruta de la Confianza nos recuerda que la lucha por la igualdad de género se concreta en acciones cotidianas: en el derecho a participar, decidir y crear otros futuros posibles.

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    Equipo FIP

En regiones de Colombia donde las tensiones históricas han desgastado los vínculos entre actores sociales, funcionarios públicos, empresas y comunidades, la transformación y reparación de las relaciones empieza por la construcción de confianza. No solo como una palabra, sino como una práctica que abre oportunidades reales para las mujeres rurales.

Eso es lo que ocurre en los 12 municipios del área de influencia del proyecto Hidroituango a través de la Ruta de la Confianza, una alianza entre las Empresas Públicas de Medellín (EPM) y la Fundación Ideas para la Paz (FIP).

En esta región, el 71% de las mujeres líderes son pobladoras rurales para quienes participar en lo público no ha sido sencillo. El peso del trabajo doméstico y de cuidado limita su tiempo y su energía para liderar. A esto se suma un prejuicio silencioso: la creencia de que las mujeres tienen menos capacidad que los hombres para encabezar procesos productivos.

Ante estas barreras, cientos de mujeres están demostrando lo contrario. Un ejemplo inspirador es Argemira Escudero Valencia, quien desde hace 26 años lidera la Escuela Campesina hacia el Desarrollo Sostenible en Liborina.

Desde hace cinco años, la líderesa y sus compañeras han preparado yogur con la convicción de que ese era su producto estrella. Sin embargo, solo hasta hace poco, sentadas frente a una hoja de costos y un presupuesto, descubrieron la verdad: su producto no les estaba dando ganancias reales. No habían contabilizado el valor de su propio tiempo ni los gastos invisibles de producción.

Entonces, su hallazgo no fue una barrera, sino la posibilidad de ponerle un precio justo a su trabajo. Así lo menciona Argemira:

“Ya llevamos 26 años con la Escuela Campesina. La Ruta de la Confianza ha sido muy importante porque nos hemos fortalecido como líderes; he aprendido a liderar proyectos, a sacar costos, a hacer presupuestos. En definitiva, me siento como una mujer más empoderada”.

Su historia reafirma que no basta solo con el deseo de emprender: es necesario saber cuánto cuesta cada hora de esfuerzo para que el negocio sea propio y no una carga. Al pasar de la dependencia de terceros a una gestión documentada, estas organizaciones ganan una identidad que las posiciona con fuerza ante el sector empresarial. Saber "sacar cuentas" es, también, una forma de recuperar la autonomía y la seguridad frente a los otros actores del territorio.

Sin embargo, cerrar las brechas de género en la región requiere más que apoyo técnico. Es fundamental crear espacios seguros donde las mujeres fortalezcan su voz. Un ejemplo de esto son los Círculos de Mujeres, diseñados para potenciar la autoconfianza y el liderazgo. Allí, Argemira y sus compañeras de la Ruta lograron reconocer sus capacidades, cuestionar creencias que las limitaban y asumir, con mayor determinación, su papel como lideresas rurales.

Hoy, el impacto de la Ruta de la Confianza es evidente en la vida cotidiana del territorio y en los resultados. En el último año más de 457 mujeres han fortalecido su liderazgo, 184 organizaciones productivas lideradas por mujeres han mejorado sus capacidades de gestión y sus productos participan activamente en ferias y ruedas locales de negocios.

Como dice Argemira: “A veces uno necesita un empujoncito. Poder confiar y construir con otras mujeres es algo muy importante para mí, porque eso me dio las fuerzas para seguir haciendo yogur”.

La historia de Argemira y sus compañeras lleva la igualdad de género de los discursos a los hechos. La transformación no ocurre solo en grandes acuerdos, sino también cuando una mujer rural decide que su trabajo vale, que su tiempo cuenta y que su proyecto no es un favor, sino un derecho. Ahí, en esa decisión cotidiana, empieza algo más que un negocio: es el inicio de una forma distinta de relacionarse con el territorio y con el futuro.

Ninguna transformación es posible sin ese primer paso: la certeza de que toda relación, ya sea con un negocio, con la comunidad o con el futuro, empieza por la confianza.

 

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