¿Cómo lograr que las comunidades no solo sean compensadas por impactos, sino que puedan participar en el desarrollo, la propiedad y los beneficios de los proyectos de energía renovable?
Esta fue una de las preguntas que orientó, durante cerca de dos años, el trabajo de la Fundación Ideas para la Paz (FIP), Meliquina y ConnectEP, con financiación de UK PACT (Partnering for Accelerated Climate Transitions), un programa del Gobierno del Reino Unido. (Ver más del proyecto)
La iniciativa buscó adaptar a Colombia experiencias internacionales de participación comunitaria en proyectos de energía renovable y explorar modelos en los que las comunidades pudieran asumir un papel más activo, incluyendo esquemas de copropiedad y codesarrollo.
“Iniciamos un sueño que fue traer a Colombia la conversación alrededor de nuevos modelos innovadores de interacción y desarrollos de proyectos de energía renovable donde las comunidades pudieran tomar un lugar y un rol mucho más protagónico del que han vivido a lo largo de los últimos años”, explica María Paula Moreno, Project Manager del proyecto desde la FIP.
De la experiencia internacional a los territorios
El proyecto tomó como referencia experiencias desarrolladas en países como Canadá, Nepal y Sudáfrica. Sin embargo, uno de los principales retos consistió en adaptar estas alternativas a las condiciones sociales, territoriales, políticas y económicas de Colombia.
El trabajo permitió consolidar dos pilotos: uno con el Resguardo Indígena Wayuu Trupiogacho y La Meseta, en La Guajira, y otro con la comunidad zenú de Bellavista, entre Córdoba y Sucre.
La experiencia mostró que estos modelos pueden encontrar espacio en el contexto colombiano, siempre que respondan a las particularidades de cada territorio.
“Hemos podido consolidar dos pilotos de desarrollo de los modelos de copropiedad y codiseño de los proyectos con comunidades maravillosas, wayúu en el resguardo de Trupiogacho y en Sucre con la comunidad zenú de Bellavista”, señala María Paula.
Más que replicar de manera automática experiencias internacionales, el proyecto permitió poner a prueba una alternativa y aprender de su adaptación en territorio.
“Nosotros vamos a ser socios”
Para las comunidades participantes, uno de los elementos que marcó la diferencia fue la posibilidad de pensar una relación distinta con las empresas.
Rafael Enrique Bolívar Epinayú, Gobernador de Cabildo del Resguardo Indígena Wayuu Trupiogacho y La Meseta, explica que esta aproximación marcó una diferencia frente a otras experiencias en el territorio: “Es un proyecto donde nosotros vamos a ser socios, el resguardo y la empresa. Ninguna empresa había llegado así, diciendo: ‘vamos a ser socios en este proyecto’”.
La apuesta por la participación también implicó un proceso de aprendizaje para las comunidades. Luis Fernando Pushaina, del Resguardo Indígena Wayuu Trupiogacho y La Meseta, destaca el valor de esta ruta para fortalecer las capacidades y la organización comunitaria.
“Nos ha enseñado una madurez en el aspecto de unión común y unificación por lograr un mejor bienestar para nuestras generaciones venideras”.
El proceso también permitió ampliar la comprensión de las comunidades sobre su papel en el desarrollo de proyectos energéticos. “El territorio, la población somos los protagonistas de la construcción de este proyecto”, señala Pushaina.
Una alternativa para la transición energética
El cierre del proyecto deja una conclusión importante: los modelos de copropiedad y codesarrollo pueden constituirse en una alternativa para transformar la relación entre empresas y comunidades alrededor de los proyectos de energía renovable.
Como explica Juan Dumas, cofundador y director general de Meliquina, los pilotos “marcan el inicio de un camino en Colombia. No significa que este modelo sea la solución a todos los problemas o que sea aplicable a todos los proyectos de energía renovable y a todas las comunidades, sino que es un camino nuevo, alternativo. Es una herramienta más que tanto comunidades como empresas van a poder tener en su maleta”.
El camino continúa
Uno de los resultados más relevantes del proceso es que la conversación sobre estos modelos empieza a trascender los pilotos. Las comunidades ya están impulsando sus propios proyectos de energía renovable y buscando presentarlos ante instituciones del Estado, bancos e inversionistas. Por ejemplo, en octubre de 2026, el Gobernador, Autoridades Tradicionales y líderes del Resguardo Trupiogacho presentaron su propio proyecto de minigranjas solares ante Corpoguajira, la autoridad ambiental de La Guajira.
Esto abre una nueva etapa: pasar de mostrar que el modelo puede adaptarse a Colombia a seguir explorando las condiciones que permitirían escalarlo y hacerlo viable en otros contextos.
Para la FIP, el principal aprendizaje está precisamente en haber podido demostrar que es posible construir relaciones diferentes alrededor de los proyectos de energía renovable.
“Para nosotros ha sido sobre todo un placer poder pilotear el modelo y demostrar que en Colombia sí es posible que las comunidades y las empresas puedan trabajar de la mano, de manera que el desarrollo sea compartido y los beneficios sean realmente comunes entre todas las partes”, concluye María Paula.
El proyecto cierra así una primera etapa y la experiencia de Trupiogacho y Bellavista muestra el camino para que las comunidades participen en el desarrollo, la propiedad y los beneficios de los proyectos de energía renovable en la transición energética en Colombia.
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